El problema situado en el centro cabe en estos términos: el ser del sujeto, a donde nos
llevaba el aguijón de nuestras referencias anteriores.
Que el sujeto esté hendido es algo que Freud nunca se cansó de decir y repetir en todas
las formas posibles, después de haber descubierto que el inconsciente sólo se traduce en
nudos de lenguaje y tiene, por ende, un ser de sujeto.
Por la combinatoria de estos nudos se supera la censura, la cual no es metáfora, por
recaer sobre el material de estos.
Freud afirma de entrada que toda concepción de un retroceso de la conciencia hacia lo
oscuro, lo potencial y aun el automatismo, resulta inadecuado para dar cuenta de estos
efectos.
Se trae esto a colación simplemente para despojar de toda “filosofía” el empleo del cogito
este año, cosa legítima, a nuestro parecer, ya que él cogito no funda la conciencia sino
precisamente esa hendidura del sujeto.
Basta escribirlo:
Soy pensando: “luego soy”,[N.T.] Soy pensando, tan anómalo como en francés: je suis
pensant
para comprobar que esta enunciación, procurada por una ascésis, hiende el ser; ser que
sólo logra la conjunción de sus dos cabos manifestando la torsión que experimentó en su
nudo. ¿Causación? ¿Inversión? ¿Negatividad? En todo caso hay que hacer la topología de
esta torsión.
El paso de Piaget a Vygotzky ilustra la ganancia que produce el rechazo de toda hipótesis
psicológica de las relaciones del sujeto con el lenguaje, aun tratándose del niño. Porque
esta hipótesis no es más que la hipoteca que realiza un ser-de-saber, gravando al
ser-de-verdad que el niño ha de encarnar a partir de la batería significante que le
presentamos y que constituye la ley de la experiencia.
Pero nos estamos anticipando con esta estructura que hay que captar en la sincronía y
con un encuentro que no sea ocasional. El embrague de 1 respecto de 0, que nos llega del
punto donde Frege pretende fundar la aritmética, nos lo procura.
De allí se percibe que el ser del sujeto es la sutura de una falta. Precisamente de la falta
que, al escamotearse en el número, lo sostiene con su recurrencia; aunque lo sostiene allí,
sólo por ser lo que falta al significante para ser el Uno del sujeto, e s decir, ese término que
en otro contexto llamamos rasgo unario, marca de una identificación primaria que
funcionará como ideal.
El sujeto se hiende por ser a la vez efecto de la marca y soporte de su falta.
Aquí se impone retomar ciertos aspectos de la formalización donde se encuentra este
resultado.
Primero nuestro axioma que funda al significante como “lo que representa un sujeto (no
para otro sujeto, sino) para otro significante”.
Así se sitúa el lema, que acaba de readquirirse por otra vía: el sujeto es lo que responde a
la marca con lo que le falta a ésta. Aquí se ve que la reversión de la fórmula se opera
introduciendo una negatividad en uno de sus polos (el significante).
El lazo se cierra, sin quedar reducido a un círculo, al suponerse que el significante tiene su
origen en el borramiento de la huella.
El poder de las matemáticas, el frenesí de nuestra ciencia, no se basan en otra cosa que
la sutura del sujeto. De la delgadez de su cicatriz o, mejor todavía, de su hiancia, dan fe
las aporías de la lógica matemática (teorema de Gödel), para gran escándalo de la
conciencia.
No me hago ilusiones sobre esta crítica, ya que a este nivel es incapaz de limpiar los
excrementos de la herida; esos excrementos con que se esmera en recubrir dicha herida,
con una mayor o menor conciencia, el orden de la explotación social, que se asienta en
esta abertura del sujeto (y por ende no crea la alienación). Hay que mencionar la tarea
desempeñada aquí, desde el inicio de la crisis del sujeto, por la filosofía. Sirvienta de
varios amos.
Queda excluido, por otra parte, que alguna crítica a la sociedad llegue a suplir a la
anterior, ya que ella misma no sería más que una crítica proveniente de la sociedad, es
decir, involucrada en esa especie de paños calientes de pensamientos que acabamos de
mencionar.
Por. ello, sólo el análisis de este objeto puede encararlo en lo que tiene de real,… que
estriba en ser el objeto del análisis (propósito del año próximo).
No nos contentamos, sin embargo, con una suspensión que sería admitir que nos
retiramos del juego en lo que respecta a abordar el ser del sujeto, con la excusa de que
encontramos allí su fundamento como falta.
Esta es precisamente la dimensión que desconcierta, el que nuestra enseñanza someta a
prueba este fundamento en la medida en que está en nuestro auditorio.
¿Podemos acaso negamos a ver que lo que exigimos de la estructura en lo tocante al ser
del sujeto tiene necesariamente que implicar a quien lo representa por excelencia (por
representarlo con el ser y no con el pensamiento, igual que el cogito), es decir, al
psicoanalista?
Es lo que hallarnos en el fenómeno, notorio aquel año, de la delantera que tomó parte de
nuestro auditorio al ofrendamos el siguiente éxito: la confirmación de la teoría, correcta
según creemos, de la comunicación en el lenguaje. Nosotros lo expresamos diciendo que
no se emite el mensaje sino al nivel de quien lo recibe.
Sin duda hay que dar su puesto aquí al privilegio que debemos al lugar que nos ha dado
hospitalidad.
Pero sin olvidar, respecto de la reserva que inspira la excesiva facilidad que podría haber
en este efecto de seminario, la resistencia que esta reserva entraña, justificada por demás.
Justificada por consistir en compromisos de ser y no de pensamiento, y porque los dos
bordes del ser del sujeto.
Se diversifican aquí según la divergencia entre verdad y saber.
La dificultad en ser del psicoanalista está en lo que encuentra como ser del sujeto, es
decir, en el síntoma.
El que el síntoma sea ser-de-verdad es algo que acepta cualquiera en cuanto sabe lo que
quiere decir psicoanálisis, aunque está mandado a hacer para enredarlo.
Así se ve claramente el precio que tiene que pagar el ser-de-saber, para reconocer las
formas dichosas con las que sólo se aparea signado por la desdicha.
El que este ser-de-saber tenga que reducirse a ser el complemento del síntoma es algo
que le horroriza, y por elidirlo, pone en juego una postergación indefinida del estatuto del
psicoanálisis, como científico, por supuesto.
Por eso, ni siquiera la conmoción que produjimos al clausurar el año con este recurso,
logró evitar que en su lugar se repitiese el cortocircuito. Nos llegó el rumor, lleno con la
evidente buena voluntad de adornarse como paradoja, de que lo que hace el síntoma es la
manera cómo lo piensa el practicante. Claro que esto es muy cierto en lo que se refiere a
la experiencia de los psicólogos, la cual nos dio pie para ponerle el cascabel al gato. Pero
también equivale a quedarse, como psicoterapeuta, en el nivel de Pierre Janet, quien
nunca llegó a entender por qué él no era Freud.
La diosa botella es la botella de Klein. No por quererlo puede cualquiera hacer salir de su
cuello lo que está en su doblez. Y es que así se construye el soporte del ser del sujeto.
5 de abril de 1966